Solo quería andar por la calle



Parece que fue en el año 97 cuando le propuse a mi hermana que le mintiéramos a la mamá -y al tío del furgón escolar- para devolvernos solas a casa.

Me costó convencerla. Sin embargo, al ser un año mayor, casi siempre terminaba por seducirla en las ideas.

Yo, que había sido una niña mamona y casera, a los 11 años comenzaba a sentir una gran necesidad de experimentar fuera del mundo protegido en el que me hallaba. Andar sola por la calle era una de esas aventuras que deseaba vivir.

Ahora que lo escribo, la memoria corporal revive las ganas que sentían mis piernas de desplazarse por la ciudad y ser alguien que anda a su propio ritmo, deteniéndose en un kioso, acelerando el paso para alcanzar el semáforo o qué se yo ¡Simplememte, quería moverme con libertad y salir de la rutina monótona del furgón escolar!

Llegó el gran día. Habia planificado con cautela la primera vez andando sola en la calle. Había juntado los 50 pesos que costaba la tarifa en ese tiempo y memorizado el trayecto a casa.

Había que caminar del normado colegio de monjas hasta la municipalidad, cruzar la Gran Avenida y tomar cualquier micro amarilla hasta el paradero 20, justo en la esquina de la calle Fernández Albano, donde vivíamos. Después, andar derecho las 4 cuadras hasta nuestro condominio. No tomaría más de media hora.

Llegado el día del experimento nada salió como lo planeé. Mi hermana nunca estuvo convencida con la idea. Parece que sintió miedo de la calle y la gente. La cosa es que nos tuvimos que bajar de la micro para llegar casi corriendo a casa, como si alguien nos estuviera persiguiendo.

La otra vez le comenté a mi hermana esta historia. Dijo que no la recordaba ¿Puede que sea solo una aventura imaginada? No lo creo. Sé que burlé las prohibiciones maternas y anduve decidida con mi uniforme de básica caminando sola por primera vez en la calle.

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