Ayer pasé por la clínica y pedí toda la documentación de nuestro parto. Quisiera escribir, porque pese al miedo y el desarme de expectativas, parir fue el inicio de lo más hermoso que me ha sucedido en la vida.
Mi trabajo de parto duró menos de las 14 horas promedio que había leído como referencia. Al contrario del hambre voraz que sentí durante el embarazo, ese jueves 6 de marzo no tuve más apetito que un helado de fruta natural que venden en un restorán vegetariano de calle Holanda.
Le pedí a Karen que lo pasara a comprar, aprovechando que ella traería toallas higiénicas para contener el sangrado del tapón mucoso. Al llegar, mi hermana preguntó si quería que se quedase a acompañar el trabajo de parto. Al verla se detuvieron mis contracciones y me negué con la cabeza.
Únicamente podía sobrellevar el dolor en silencio y con respiración rítimica sin que nadie me tocase. Ni siquiera Luis con quien habíamos asistido a un taller previo donde enseñaban a las parejas a ser soporte físico para este momento.
Viví varias horas de trabajo de parto en casa. A las 6 de la tarde iba en el asiento trasero del auto maldiciendo el taco vehicular. Quería llegar pronto a la clínica. Lo veía como el lugar que me aseguraría que todo estaría bien.
-Está tranquila la paciente, ya con 4 de dilatación- oí decir a la enfermera de la Urgencia.
Cuando me pasaron a la habitación ya estaba con 7 de dilatación. Faltaba muy poco para llegar a 10, pero a la bebé le faltaba posicionar mejor la cabeza para salir. Ahí se acrecentaron mis temores. No tenía tanto miedo al dolor físico, sino a la ansiedad de que algo saliera mal. Mi miedo era la muerte.
*Hoy pienso que mi hermana Karen habría ayudado mucho en la etapa del expulsivo, donde me hizo falta más mujeres a mi lado para sentir el poder de traer vida.
Ya veremos qué cosas salen con la escritura. Por ahora y siempre diré: Gracias Dios por tanta belleza.

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