El blog de Nicoleta
¿Acaso mi voz se ha apagado en tu memoria?
La Majestad
Mientras me depila, la sra L pone su celular con la app de Teletrak a la cabecera de mis pies. Está por empezar la carrera de Concepción y ella -con el delantal blanco y sus rulos base- se desdobla entre su fanatismo y la cera caliente que puso sobre mi rodilla.
-¡Eso, corre Majestad!, dice la sra L de repente.
Ahí me doy cuenta que es el nombre de la yegua a la que apuesta. La Sandruca estuvo a punto de ganarle, dijo el relator. Yo sigo mirando mi rodilla.
La sra L se da vuelta y anota en un cuaderno el orden de llegada de los jinetes. Todo lo calculó con la carrera, alcanzando a quitarme la cera de la piel.
Algo más mijita?
Ficcionando con el bebé de Rayuela
Recuerdo cuando leí Rayuela, de Julio Cortázar, y sentía compasión por bebé Rocamadour. Imaginaba a La Maga con poca dedicación a la crianza, como una mamá caminante y romántica.
Puede que mi interpretación esté muy alejada de la intención de un texto que leí hace más de 20 años.
Advierto que en el siguiente párrafo evocaré únicamente la memoria de una parte de la novela que me encantó (¡aunque fueron muchas!). No usaré Google para corroborar. Ni siquiera para saber si el nombre del bebé está bien escrito. Advierto esto para no hacer un fake de la ficción (por llamarlo de algún modo).
Lo que recuerdo es un texto dirigido a bebé a Rocamadour, tipo carta o poema, donde le escriben (no sé si la Maga u otro personaje) estas líneas hermosas: "Bebé Rocamadour, oh bebé...Te escribo, porque no sabés leer (...) estás de espaldas mirándote los pies".
Y ahora que lo he escrito, iré a Google a ver si realmente era así. Lástima que no tenga el libro. Lo perdí.
Aquí la carta
Mi mundo en el corazón
6 años
Leí en un reportaje que los 6 primeros años en la vida de un ser humano son cruciales. Todo lo que se vive y aprende en ese tiempo queda la memoria emocional. Pero, no creo que las cosas sean tan así. Al menos, eso intento decirme ¿Algo salió muy mal conmigo, acaso?
Quiero desapegarme de este pesimismo absorbente ¿entiende, doctora? Y no con terapias místicas que tengan que ver únicamente con el inconsciente. No quiero más de eso, ya tuve demasiado, y fue traumático. Lo único que me dijeron es que tenía problemas con mis padres. Pero ¿quién no tiene problemas con los seres humanos que la trajeron a una al mundo?
^^^
Caballo y corazón
Por la ventana se aprecia la bahía de Ancud. Al mirar el paisaje por ese espacio sencillo y cuadrado, me molesta el ruido del marco que se mueve con el viento de Chiloé. Ese chirrido sintoniza con mi ansiedad, y por un instante me hace sentir extraña.
Vuelvo al presente cuando el nieto de nuestra anfitriona pregunta si acaso me atrevo a andar a caballo hasta la playa.
Me imagino cabalgando a toda prisa por la arena chilota, obligando a mi corazón a saltar al ritmo que yo elija con el animal. No al de los púlpitos nerviosos que hoy conducen mis emociones.
-Son bravos, dice el niño, refiriéndose a los caballos y sacándome nuevamente de la introspección.
Escenas que se repiten en mi cabeza
-Calle Matucana a la altura de la Usach. Salida por un portón no siempre habilitado
-Pedir un helado en el Café Paula después de que mi madre me llevara a la óptica del centro y nos juntáramos en San Antonio con Agustinas con mi padre. Era lo único bonito de usar anteojos siendo tan niña.
-El patio trasero de la casa de Nona y Tata Alberto en calle Edimburgo. También del galpón delantero con su grueso portón de madera. Por un escrito reciente de mi padre, supe que esa puerta era de la fábrica de su abuelo materno.
-Los corredores de las Torres de Apoquindo y sus negocios de barrio. Parece que todavía existen.
-El condominio de Fernández Albano en el que crecí. El patio interior que daba a la calle Angamos. En un departamento cantaba un loro y yo pasaba gritando tímida 'care huevo' a ver si el pájaro lo repetía.
-Otra vez el condominio: la redondela donde esperaba el furgón escolar. Una paloma me cagó un día. Qué triste y sola me sentía.
-En esa redondela se estacionaba también el trencito que contrataban para la fiesta de Navidad.
-La casa de la playa en El Quisco y todas las casa que le seguían bajando al mar por calle Del Ejército.
- Las columnas a la entrada del cementerio Parque del Recuerdo, en Recoleta.
-Calle San Francisco , a una cuadra de la Alameda donde vendían completos a 200 pesos.
- El puente de Copesa que cruzaba el patio tipo maestranza para ir a comer al casino (cuando quedaba en calle Ñuble).
Y ¿Cuáles son tus evocaciones?
Escribir
Lo de escribir sobre nuestro parto, así de forma elaborada y con más narrativa, tomará su tiempo. Tiempo para sentarse a hacerlo. También tiempo para procesarlo internamente.
Quisiera tener el cuerpo más disponible para escribir con un lápiz sobre mi libreta. Estoy acostumbrada a hacerlo como un modo de aclarar pensamientos y templar emociones.
Sí. Tipo diario de vida. Hasta dibujitos por el costado le hago a las páginas donde trazo mi prosa privada.
Por ahora el.celular me.permite escribir cuando la beba está durmiendo tipo 7 pm. Ahí me.vuelvo la vigilante de su sueño, ya que le gusta sentirme cerca para agarrar descanso. A mí también me encanta.eso, pese a que tenga que dejar comodidades básicas como cenar en la mesa.
Bueno, algún día podré sentarme a escribir.sobre el parto.
Escribir nuestro parto
Ayer pasé por la clínica y pedí toda la documentación de nuestro parto. Quisiera escribir, porque pese al miedo y el desarme de expectativas, parir fue el inicio de lo más hermoso que me ha sucedido en la vida.
Mi trabajo de parto duró menos de las 14 horas promedio que había leído como referencia. Al contrario del hambre voraz que sentí durante el embarazo, ese jueves 6 de marzo no tuve más apetito que un helado de fruta natural que venden en un restorán vegetariano de calle Holanda.
Le pedí a Karen que lo pasara a comprar, aprovechando que ella traería toallas higiénicas para contener el sangrado del tapón mucoso. Al llegar, mi hermana preguntó si quería que se quedase a acompañar el trabajo de parto. Al verla se detuvieron mis contracciones y me negué con la cabeza.
Únicamente podía sobrellevar el dolor en silencio y con respiración rítimica sin que nadie me tocase. Ni siquiera Luis con quien habíamos asistido a un taller previo donde enseñaban a las parejas a ser soporte físico para este momento.
Viví varias horas de trabajo de parto en casa. A las 6 de la tarde iba en el asiento trasero del auto maldiciendo el taco vehicular. Quería llegar pronto a la clínica. Lo veía como el lugar que me aseguraría que todo estaría bien.
-Está tranquila la paciente, ya con 4 de dilatación- oí decir a la enfermera de la Urgencia.
Cuando me pasaron a la habitación ya estaba con 7 de dilatación. Faltaba muy poco para llegar a 10, pero a la bebé le faltaba posicionar mejor la cabeza para salir. Ahí se acrecentaron mis temores. No tenía tanto miedo al dolor físico, sino a la ansiedad de que algo saliera mal. Mi miedo era la muerte.
*Hoy pienso que mi hermana Karen habría ayudado mucho en la etapa del expulsivo, donde me hizo falta más mujeres a mi lado para sentir el poder de traer vida.
Ya veremos qué cosas salen con la escritura. Por ahora y siempre diré: Gracias Dios por tanta belleza.
