Escribir

Lo de escribir sobre nuestro parto, así de forma elaborada y con más narrativa, tomará su tiempo. Tiempo para sentarse a hacerlo. También tiempo para procesarlo internamente. 

Quisiera tener el cuerpo más disponible para escribir con un lápiz sobre mi libreta. Estoy acostumbrada a hacerlo como un modo de aclarar pensamientos y templar emociones.  

Sí. Tipo diario de vida. Hasta dibujitos por el costado le hago a las páginas donde trazo mi prosa privada.

Por ahora el.celular me.permite escribir cuando la beba está durmiendo tipo 7 pm. Ahí me.vuelvo la vigilante de su sueño, ya que le gusta sentirme cerca para agarrar descanso. A mí también me encanta.eso, pese a que tenga que dejar comodidades básicas como cenar en la mesa.

Bueno, algún día podré sentarme a escribir.sobre el parto. 

Escribir nuestro parto




Ayer pasé por la clínica y pedí toda la documentación de nuestro parto. Quisiera escribir, porque pese al miedo y el desarme de expectativas, parir fue el inicio de lo más hermoso que me ha sucedido en la vida. 

Mi trabajo de parto duró menos de las 14 horas promedio que había leído como referencia.  Al contrario del hambre voraz que sentí durante  el embarazo, ese jueves 6 de marzo no tuve más apetito que un helado de fruta natural que venden en un restorán vegetariano de calle Holanda. 

Le pedí a Karen que lo pasara a comprar, aprovechando que ella traería toallas higiénicas para contener el sangrado del tapón mucoso. Al llegar, mi hermana preguntó si quería que se quedase a acompañar el trabajo de parto. Al verla se detuvieron mis contracciones y me negué con la cabeza. 

Únicamente podía sobrellevar el dolor en silencio y con respiración rítimica sin que nadie me tocase. Ni siquiera Luis con quien habíamos asistido a un taller previo donde enseñaban a las parejas a ser soporte físico para este momento. 

Viví varias horas de trabajo de parto en casa. A las 6 de la tarde iba en el asiento trasero del auto maldiciendo el taco vehicular.  Quería llegar pronto a la clínica. Lo veía como el lugar que me aseguraría que todo estaría bien. 

-Está tranquila la paciente, ya con 4 de dilatación- oí decir a la enfermera de la Urgencia.

Cuando me pasaron a la habitación ya estaba con 7 de dilatación. Faltaba muy poco para llegar a 10, pero a la bebé le faltaba posicionar mejor la cabeza para salir. Ahí se acrecentaron mis temores. No tenía tanto miedo al dolor físico, sino a la ansiedad de que algo saliera mal. Mi miedo  era la muerte.

*Hoy pienso que mi hermana Karen habría ayudado mucho en la etapa del expulsivo, donde me hizo falta más mujeres a mi lado para sentir el poder de traer vida.

Ya veremos qué cosas salen con la escritura. Por ahora y siempre diré: Gracias Dios por tanta belleza.

Solo quería andar por la calle



Parece que fue en el año 97 cuando le propuse a mi hermana que le mintiéramos a la mamá -y al tío del furgón escolar- para devolvernos solas a casa.

Me costó convencerla. Sin embargo, al ser un año mayor, casi siempre terminaba por seducirla en las ideas.

Yo, que había sido una niña mamona y casera, a los 11 años comenzaba a sentir una gran necesidad de experimentar fuera del mundo protegido en el que me hallaba. Andar sola por la calle era una de esas aventuras que deseaba vivir.

Ahora que lo escribo, la memoria corporal revive las ganas que sentían mis piernas de desplazarse por la ciudad y ser alguien que anda a su propio ritmo, deteniéndose en un kioso, acelerando el paso para alcanzar el semáforo o qué se yo ¡Simplememte, quería moverme con libertad y salir de la rutina monótona del furgón escolar!

Llegó el gran día. Habia planificado con cautela la primera vez andando sola en la calle. Había juntado los 50 pesos que costaba la tarifa en ese tiempo y memorizado el trayecto a casa.

Había que caminar del normado colegio de monjas hasta la municipalidad, cruzar la Gran Avenida y tomar cualquier micro amarilla hasta el paradero 20, justo en la esquina de la calle Fernández Albano, donde vivíamos. Después, andar derecho las 4 cuadras hasta nuestro condominio. No tomaría más de media hora.

Llegado el día del experimento nada salió como lo planeé. Mi hermana nunca estuvo convencida con la idea. Parece que sintió miedo de la calle y la gente. La cosa es que nos tuvimos que bajar de la micro para llegar casi corriendo a casa, como si alguien nos estuviera persiguiendo.

La otra vez le comenté a mi hermana esta historia. Dijo que no la recordaba ¿Puede que sea solo una aventura imaginada? No lo creo. Sé que burlé las prohibiciones maternas y anduve decidida con mi uniforme de básica caminando sola por primera vez en la calle.

Despertar empapada de leche

 La madrugada anterior desperté con la ropa mojada. Había un círculo marcado en la polera. Tardé en darme cuenta de que era por leche materna. Todavía aturdida por el sueño entrecortado y el cansancio, me levanté para colocar en los pezones unos protectores que había comprado en la farmacia hace meses y que, hasta ahora, no había tenido la necesidad de usar.


Fui también hasta la cocina donde había guardado este recolector lácteo llamado haakaa (creo que es sueco). 

Es un instrumento muy sencillo de usar, aunque puede llegar a presionar la teta demasiado fuerte.

Así, mientras amamantaba con la teta izquierda -la favorita de la bebé- comenzaron a gotear con rapidez los ml del otro pezón. 

En la oscuridad de la noche traté de rescatar este concho de leche y guardarlo en una mamadera. Pensé que la bebé lo podía tomar por la mañana, pero últimamente ella rechaza el chupete del biberón alejando mis planes de conseguir una lactancia no tan dependiente de la teta.

Más encima, como una es autoexigente, se me puso en la cabeza que no debo perder ni un ml del líquido materno. Al ver que la bebita no tragó ni una gota, me frustré. 

Después, miré mis senos crecidos en dos tallas y dije ya, hacemos lo que podemos. No sumemos estrés ¿ok?