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Ficcionando con el bebé de Rayuela

Recuerdo cuando leí Rayuela, de Julio Cortázar, y sentía compasión por bebé Rocamadour. Imaginaba a La Maga con poca dedicación a la crianza, como una mamá caminante y romántica.

Puede que mi interpretación esté muy alejada de la intención de un texto que leí hace más de 20 años. 

Advierto que en el siguiente párrafo evocaré únicamente la memoria de una parte de la novela que me encantó (¡aunque fueron muchas!). No usaré Google para corroborar. Ni siquiera para saber si el nombre del bebé está bien escrito. Advierto esto para no hacer un fake de la ficción (por llamarlo de algún modo).

Lo que recuerdo es un texto dirigido a bebé a Rocamadour, tipo carta o poema, donde le escriben (no sé si la Maga u otro personaje) estas líneas hermosas: "Bebé Rocamadour, oh bebé...Te escribo, porque no sabés leer (...) estás de espaldas mirándote los pies".

Y ahora que lo he escrito, iré a Google a ver si realmente era así. Lástima que no tenga el libro. Lo perdí.

Aquí la carta 

Escribir nuestro parto




Ayer pasé por la clínica y pedí toda la documentación de nuestro parto. Quisiera escribir, porque pese al miedo y el desarme de expectativas, parir fue el inicio de lo más hermoso que me ha sucedido en la vida. 

Mi trabajo de parto duró menos de las 14 horas promedio que había leído como referencia.  Al contrario del hambre voraz que sentí durante  el embarazo, ese jueves 6 de marzo no tuve más apetito que un helado de fruta natural que venden en un restorán vegetariano de calle Holanda. 

Le pedí a Karen que lo pasara a comprar, aprovechando que ella traería toallas higiénicas para contener el sangrado del tapón mucoso. Al llegar, mi hermana preguntó si quería que se quedase a acompañar el trabajo de parto. Al verla se detuvieron mis contracciones y me negué con la cabeza. 

Únicamente podía sobrellevar el dolor en silencio y con respiración rítimica sin que nadie me tocase. Ni siquiera Luis con quien habíamos asistido a un taller previo donde enseñaban a las parejas a ser soporte físico para este momento. 

Viví varias horas de trabajo de parto en casa. A las 6 de la tarde iba en el asiento trasero del auto maldiciendo el taco vehicular.  Quería llegar pronto a la clínica. Lo veía como el lugar que me aseguraría que todo estaría bien. 

-Está tranquila la paciente, ya con 4 de dilatación- oí decir a la enfermera de la Urgencia.

Cuando me pasaron a la habitación ya estaba con 7 de dilatación. Faltaba muy poco para llegar a 10, pero a la bebé le faltaba posicionar mejor la cabeza para salir. Ahí se acrecentaron mis temores. No tenía tanto miedo al dolor físico, sino a la ansiedad de que algo saliera mal. Mi miedo  era la muerte.

*Hoy pienso que mi hermana Karen habría ayudado mucho en la etapa del expulsivo, donde me hizo falta más mujeres a mi lado para sentir el poder de traer vida.

Ya veremos qué cosas salen con la escritura. Por ahora y siempre diré: Gracias Dios por tanta belleza.

No perfecta

Ni les cuento lo contenta que  estoy de ser madre. También lo llorona que soy y, a veces, lo nostálgica y compasiva que me siento al recordar mi niñez (¿será que siempre termino pensando en mí? ¡qué ego!). 

Pienso en lo "demandante" que era con mi madre. Sentía una necesidad potente de tenerla cerca. Era como si me hubiesen faltado muchas horas con ella. Tal vez sí, pues no era la única hija que debía criar. Pero ante los ojos de toda la gente, siempre fui la hija mamona en comparación a sus hermanas. Pensemos que igual yo fui la hija del medio...

En fin. El asunto es que cuando veo las ansias de mi hija por estar conmigo, más aún en la teta, sobre todo a ciertas horas de la tarde- noche en que prácticamente solo quiere succión afectiva, imagino que ese deseo insaciable no siempre podré cubrirlo por completo. Simplemente, porque soy una humana que se cansa ¡Eso también es natural!

De todos modos, recordar a mi yo pequeña, esa que siempre necesitaba una cuota más de contención pese a ser una niñamuy amada, hace que la paciencia se active para entregar el calor que mi criatura hermosa busca de manera casi salvaje. Quiero llenarla de amor, y he entendido que en esa entrega se va a colar el cansancio, la memoria dolida. Lo que importa es que quiero estar consciente de que soy una madre feliz, no perfecta. 

 

Postparto a la espera de una respuesta salvaje

Las interrogantes que tengo sobre el postparto están encapsuladas. Todavía no quiero -¿no me atrevo?-  descifrar toda la información que me ha traído este proceso.

Lo cierto es que su fuerza es tan poderosa que tampoco puedo mantenerme al margen. Sería como arrancar de mí misma.

Aunque algo así estoy haciendo. He adquirido una posición rígida que me impide soltar, fluir y todas esas palabras que tanto repetimos cuando hablamos de transitar la vida.

Con respecto a la maternidad te dicen tantas cosas. La que más me ha servido es la de vivir el presente. Aunque por mucho que lo haga, amando y atendiendo a mi bebé maravillosa, las interrogantes giran en torno a mi cabeza. Necesito detenerme un rato a leerlas.

Si bien mi cuerpo responde biologicamente a las necesidades, tengo que mirarme y apropiarme de la transformación.

Pienso que sí me miro. Aunque algo nublada. ¿Soy acaso la que más se enjuicia?

Sé que tengo la necesidad de observarme más allá del espejo. No tan solo mirar un vientre distinto (que a veces piensa cuánto tardará en aplanarse), unos senos lecheros. Quiero, sobre todo, iluminar cómo se han removido las entrañas y el alma para alcanzar tanta belleza. Tanta que también asusta.

Caigo en la cuenta de que aquello a lo que me resisto, ese temor a liberar las interrogantes, es en realidad lo que busco para ser la mujer que disfruta y que sabe cómo ser la madre de su hija.

Escribiendo esto entiendo, entonces, que aquello que soñé la noche anterior, con un león escapando de su jaula y yo de él con la niña en brazos, es en realidad un mensaje diciendo que ese animal salvaje, que por cierto no buscaba atacarme,  soy yo liberándome para ser quien gobierna su reino maternal, su nuevo sitio.

¿Una yo mamifera?