Mi mundo en el corazón


6 años

Leí en un reportaje que los 6 primeros años en la vida de un ser humano son cruciales. Todo lo que se vive y aprende en ese tiempo queda la memoria emocional. Pero, no creo que las cosas sean tan así. Al menos, eso intento decirme ¿Algo salió muy mal conmigo, acaso? 

Quiero desapegarme de este pesimismo absorbente ¿entiende, doctora? Y no con terapias místicas que tengan que ver únicamente con el inconsciente. No quiero más de eso, ya tuve demasiado, y fue traumático. Lo único que me dijeron es que tenía problemas con mis padres. Pero ¿quién no tiene problemas con los seres humanos que la trajeron a una al mundo?


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Caballo y corazón

Por la ventana se aprecia la bahía de Ancud. Al mirar el paisaje por ese espacio sencillo y cuadrado, me molesta el ruido del marco que se mueve con el viento de Chiloé. Ese chirrido sintoniza con mi ansiedad, y por un instante me hace sentir extraña.

Vuelvo al presente cuando el nieto de nuestra anfitriona pregunta si acaso me atrevo a andar a caballo hasta la playa.

Me imagino cabalgando a toda prisa por la arena chilota, obligando a mi corazón a saltar al ritmo que yo elija con el animal. No al de los púlpitos nerviosos que hoy conducen mis emociones.

-Son bravos, dice el niño, refiriéndose a los caballos y sacándome nuevamente de la introspección.

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Recuerdos hasta los 5

De buenas a primeras, podría decirle a esta señora que tengo ciertos recuerdos de los 5. Pero no se lo digo ¿por qué tiene que saber ella cosas entrañables de mi niñez? 

Como el olor de mi madre por la mañana aún en la cama. Me despertaba antes que mis hermanas solo para ocupar el lugar que mi papá dejaba cuando se iba a trabajar. El mundo, de esa forma cotidiana tan cerca del cuerpo materno, me parecía bonito a los 5. 

- Pero ahora que usted lo pregunta, hay recuerdos que derruyen la realidad de esa felicidad tan simple.

¿Cómo qué?
-Como despertarme con una noticia que hace gritar y llorar a tu adulta. Entonces, sientes que la persona que más amas y ves como apta para protegerte se derrumba. Entiendes, a lo lejos, porque nadie te lo explica (y cuánto necesitas que lo hagan), que la realidad puede cambiar de forma fea y abrupta. El mundo también es un lugar violento.

Comprendo, ahora, que con 5 años viví el miedo. Antes, quizá solo había sido ficticio.

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Tímida y conversadora

Al final vamos a la playa en camioneta y no a caballo. Pasamos a buscar a la nieta de la anfitriona que tiene unos 12 años. Me recuerda a mí de adolescente: flaquita y con gafas. Aunque parece tímida, le gusta conversar.

Chiloé es una isla hermosa, aunque fría y lluviosa, así que cuando el sol sale hay que aprovechar. La playa está llena de chilenos y también de autos argentinos que vienen durante el verano. Con la nieta de mi anfitriona nos sentamos en la arena mientras el resto se baña en las aguas tranquilas de esta parte del golfo de Quetalmahue. Yo me excuso diciendo que soy muy friolenta y que el agua helada del Pacífico sur me mata. En realidad, estoy desganada y triste.

La nieta de la anfitriona me explica en voz baja que ella tampoco se bañará, porque está con la regla. Después de esa confesión, la “chica” -acá usan mucho esta palabra- agarra confianza y empieza a contarme sobre su vida en Chiloé. Me dice, por ejemplo, que a sus doce años solo ha salido una vez de la isla. Fue para acompañar a su mamá al doctor en “Puerto” (así le dicen los chilotes a Puerto Montt). Y que no le gustó para nada la ciudad, porque se perdieron buscando una dirección.

Imagino a la nieta de mi anfitriona queriendo quedarse por siempre segura en su isla. Pero se nota que es una adolescente curiosa. Crecerá. Sentirá la necesidad de cuestionarse y encontrar su propio sitio. Se perderá y dará mil vueltas. Acompañada y sola a la vez. Qué se yo.

Tal vez una termina por regresar al origen y limpiar la tierra para echar mejores raíces. O bien, emigrar y crear un mundo propio. Una isla, inclusive, donde puedas sentir el corazón calmo, tu propio mundo, sin olvidar que eres parte de un universo mayor terriblemente vulnerable en su belleza.


Escenas que se repiten en mi cabeza

-Calle Matucana a la altura de la Usach. Salida por un portón no siempre habilitado

-Pedir un helado en el Café Paula después de que mi madre me llevara a la óptica del centro y nos juntáramos en San Antonio con Agustinas con mi padre. Era lo único bonito de usar anteojos siendo tan niña.

-El patio trasero de la casa de Nona y Tata Alberto en calle Edimburgo. También del galpón delantero con su grueso portón de madera. Por un escrito reciente de mi padre, supe que esa puerta era de la fábrica de su abuelo materno.

-Los corredores de las Torres de Apoquindo y sus negocios de barrio. Parece que todavía existen.

-El condominio de Fernández Albano en el que crecí. El patio interior que daba a la calle Angamos. En un departamento cantaba un loro y yo pasaba gritando tímida 'care huevo' a ver si el pájaro lo repetía.

-Otra vez el condominio: la redondela donde esperaba el furgón escolar. Una paloma me cagó un día. Qué triste y sola me sentía.

-En esa redondela se estacionaba también el trencito que contrataban para la fiesta de Navidad.

-La casa de la playa en El Quisco y todas las casa que le seguían bajando al mar por calle Del Ejército.

- Las columnas a la entrada del cementerio Parque del Recuerdo, en Recoleta.

-Calle San Francisco , a una cuadra de la Alameda donde vendían completos a 200 pesos.

- El puente de Copesa que cruzaba el patio tipo maestranza para ir a comer al casino (cuando quedaba en calle Ñuble).


Y ¿Cuáles son tus evocaciones?