Aymaras en Visviri

Las primeras advertencias antes de subir a Visviri, punto fronterizo con Perú y Bolivia a más de 4 mil metros de altura, no sólo pasaban por llevar oxígeno, sino también por cómo tratar a los aymaras chilenos. 

"No hay que rechazarles nada, eso lo toman como un desprecio". "Es difícil que te conversen. No hablan con la gente".

Tales prejuicios-pensé- no deben ser tomados en cuenta cuando se va a conocer un Chile tan lejos y menos si una va hasta el altiplano para hacer una nota.

El pretexto de llegar hasta este punto del norte, en la Región de Arica y Parinacota, era conocer la ceremonia de floreo de alpacas donde los aymaras hacen un corte en la oreja de sus animales en un ritual a la Pachamama.

Para algunos afuerinos, esto era terrible, pero también hay que entender la relación que los indígenas tienen con la naturaleza. Por eso, estuve mirando la escena, donde los aymaras bailan y ofrecen cerveza a la tierra. 

En medio del ritual, Cada familia improvisaba rimas causando la gracia de todos. Qué bromas eran, ni idea, era imposible entender la lengua. Preguntaba a los presentes y sólo conseguía monosílabos en quechua.

Después de tantas negativas a hablarme, pregunté a una aymara joven que por fin me empezó a traducir. Era de Chujlluta (pueblo cercano) y había estudiado un mes en Santiago. "El profesor me decía peruana". 

Seguí en el intento por encontrar una familia aymara de Visviri dispuesta a contar la vida en el desierto , hasta que apareció la pareja de pastores Carmen Paco y Marcelino Mamani.

"Tenemos mil hectáreas que, aunque no sean cultivables, las heredamos de nuestros padres”, fue lo primero que me dijo el pastor cuando le pregunté por qué vivir en el altiplano.

En el relato, se evidenciaba un discurso inducido de nacionalismo al estilo "estamos aquí tan lejos haciendo patria por Chile". Pero la verdad,  "estamos abandonados, no tenemos luz eléctrica y cuando bajamos a Arica nos dicen "ahí vienen los llamos".

Cuando hablé con Carmen, ella obedecía a todas las órdenes de Marcelino para ayudarme a hacer el reportaje. Y es que los aymaras, como todas las culturas, no se salvan de ser patriarcales.

No así, Carmen era risueña y podía perfectamente conversar sin una pauta. Cuando le pregunté si tenía hijos, ella dijo "están en Estados Unidos". y tras ello se rió mostrando sus dientes.

En medio de la conversación, Mamani partió con otro grupo a mostrar su campo desértico, donde había desarrollado un milagroso invernadero con ayuda de Indap.

Carmen se quedó para mostrar su casa, de techo bajo como el genotipo de los aymaras. 

Entramos a la cocina y sacó charqui de llama para obsequiarme- También me mostró su artesanía hasta sacar un gato montañés disecado. "Éste animal tiene cuarenta años, nos trae buena suerte". Otra creencia aymara

El funcionario de Indap que me llevó a Visviri palideció al ver el destino de esta especie felina en extinción ¡No puede ser!- dijo con disimulo.

Así, me despedía de esta pareja de pastores que abrió su hogar para una nota que pueden leer acá

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