Mi mundo en el corazón


6 años

Leí en un reportaje que los 6 primeros años en la vida de un ser humano son cruciales. Todo lo que se vive y aprende en ese tiempo queda la memoria emocional. Pero, no creo que las cosas sean tan así. Al menos, eso intento decirme ¿Algo salió muy mal conmigo, acaso? 

Quiero desapegarme de este pesimismo absorbente ¿entiende, doctora? Y no con terapias místicas que tengan que ver únicamente con el inconsciente. No quiero más de eso, ya tuve demasiado, y fue traumático. Lo único que me dijeron es que tenía problemas con mis padres. Pero ¿quién no tiene problemas con los seres humanos que la trajeron a una al mundo?


^^^

Caballo y corazón

Por la ventana se aprecia la bahía de Ancud. Al mirar el paisaje por ese espacio sencillo y cuadrado, me molesta el ruido del marco que se mueve con el viento de Chiloé. Ese chirrido sintoniza con mi ansiedad, y por un instante me hace sentir extraña.

Vuelvo al presente cuando el nieto de nuestra anfitriona pregunta si acaso me atrevo a andar a caballo hasta la playa.

Me imagino cabalgando a toda prisa por la arena chilota, obligando a mi corazón a saltar al ritmo que yo elija con el animal. No al de los púlpitos nerviosos que hoy conducen mis emociones.

-Son bravos, dice el niño, refiriéndose a los caballos y sacándome nuevamente de la introspección.

^^^

Recuerdos hasta los 5

De buenas a primeras, podría decirle a esta señora que tengo ciertos recuerdos de los 5. Pero no se lo digo ¿por qué tiene que saber ella cosas entrañables de mi niñez? 

Como el olor de mi madre por la mañana aún en la cama. Me despertaba antes que mis hermanas solo para ocupar el lugar que mi papá dejaba cuando se iba a trabajar. El mundo, de esa forma cotidiana tan cerca del cuerpo materno, me parecía bonito a los 5. 

- Pero ahora que usted lo pregunta, hay recuerdos que derruyen la realidad de esa felicidad tan simple.

¿Cómo qué?
-Como despertarme con una noticia que hace gritar y llorar a tu adulta. Entonces, sientes que la persona que más amas y ves como apta para protegerte se derrumba. Entiendes, a lo lejos, porque nadie te lo explica (y cuánto necesitas que lo hagan), que la realidad puede cambiar de forma fea y abrupta. El mundo también es un lugar violento.

Comprendo, ahora, que con 5 años viví el miedo. Antes, quizá solo había sido ficticio.

^^^
Tímida y conversadora

Al final vamos a la playa en camioneta y no a caballo. Pasamos a buscar a la nieta de la anfitriona que tiene unos 12 años. Me recuerda a mí de adolescente: flaquita y con gafas. Aunque parece tímida, le gusta conversar.

Chiloé es una isla hermosa, aunque fría y lluviosa, así que cuando el sol sale hay que aprovechar. La playa está llena de chilenos y también de autos argentinos que vienen durante el verano. Con la nieta de mi anfitriona nos sentamos en la arena mientras el resto se baña en las aguas tranquilas de esta parte del golfo de Quetalmahue. Yo me excuso diciendo que soy muy friolenta y que el agua helada del Pacífico sur me mata. En realidad, estoy desganada y triste.

La nieta de la anfitriona me explica en voz baja que ella tampoco se bañará, porque está con la regla. Después de esa confesión, la “chica” -acá usan mucho esta palabra- agarra confianza y empieza a contarme sobre su vida en Chiloé. Me dice, por ejemplo, que a sus doce años solo ha salido una vez de la isla. Fue para acompañar a su mamá al doctor en “Puerto” (así le dicen los chilotes a Puerto Montt). Y que no le gustó para nada la ciudad, porque se perdieron buscando una dirección.

Imagino a la nieta de mi anfitriona queriendo quedarse por siempre segura en su isla. Pero se nota que es una adolescente curiosa. Crecerá. Sentirá la necesidad de cuestionarse y encontrar su propio sitio. Se perderá y dará mil vueltas. Acompañada y sola a la vez. Qué se yo.

Tal vez una termina por regresar al origen y limpiar la tierra para echar mejores raíces. O bien, emigrar y crear un mundo propio. Una isla, inclusive, donde puedas sentir el corazón calmo, tu propio mundo, sin olvidar que eres parte de un universo mayor terriblemente vulnerable en su belleza.


Escenas que se repiten en mi cabeza

-Calle Matucana a la altura de la Usach. Salida por un portón no siempre habilitado

-Pedir un helado en el Café Paula después de que mi madre me llevara a la óptica del centro y nos juntáramos en San Antonio con Agustinas con mi padre. Era lo único bonito de usar anteojos siendo tan niña.

-El patio trasero de la casa de Nona y Tata Alberto en calle Edimburgo. También del galpón delantero con su grueso portón de madera. Por un escrito reciente de mi padre, supe que esa puerta era de la fábrica de su abuelo materno.

-Los corredores de las Torres de Apoquindo y sus negocios de barrio. Parece que todavía existen.

-El condominio de Fernández Albano en el que crecí. El patio interior que daba a la calle Angamos. En un departamento cantaba un loro y yo pasaba gritando tímida 'care huevo' a ver si el pájaro lo repetía.

-Otra vez el condominio: la redondela donde esperaba el furgón escolar. Una paloma me cagó un día. Qué triste y sola me sentía.

-En esa redondela se estacionaba también el trencito que contrataban para la fiesta de Navidad.

-La casa de la playa en El Quisco y todas las casa que le seguían bajando al mar por calle Del Ejército.

- Las columnas a la entrada del cementerio Parque del Recuerdo, en Recoleta.

-Calle San Francisco , a una cuadra de la Alameda donde vendían completos a 200 pesos.

- El puente de Copesa que cruzaba el patio tipo maestranza para ir a comer al casino (cuando quedaba en calle Ñuble).


Y ¿Cuáles son tus evocaciones?

Escribir

Lo de escribir sobre nuestro parto, así de forma elaborada y con más narrativa, tomará su tiempo. Tiempo para sentarse a hacerlo. También tiempo para procesarlo internamente. 

Quisiera tener el cuerpo más disponible para escribir con un lápiz sobre mi libreta. Estoy acostumbrada a hacerlo como un modo de aclarar pensamientos y templar emociones.  

Sí. Tipo diario de vida. Hasta dibujitos por el costado le hago a las páginas donde trazo mi prosa privada.

Por ahora el.celular me.permite escribir cuando la beba está durmiendo tipo 7 pm. Ahí me.vuelvo la vigilante de su sueño, ya que le gusta sentirme cerca para agarrar descanso. A mí también me encanta.eso, pese a que tenga que dejar comodidades básicas como cenar en la mesa.

Bueno, algún día podré sentarme a escribir.sobre el parto. 

Escribir nuestro parto




Ayer pasé por la clínica y pedí toda la documentación de nuestro parto. Quisiera escribir, porque pese al miedo y el desarme de expectativas, parir fue el inicio de lo más hermoso que me ha sucedido en la vida. 

Mi trabajo de parto duró menos de las 14 horas promedio que había leído como referencia.  Al contrario del hambre voraz que sentí durante  el embarazo, ese jueves 6 de marzo no tuve más apetito que un helado de fruta natural que venden en un restorán vegetariano de calle Holanda. 

Le pedí a Karen que lo pasara a comprar, aprovechando que ella traería toallas higiénicas para contener el sangrado del tapón mucoso. Al llegar, mi hermana preguntó si quería que se quedase a acompañar el trabajo de parto. Al verla se detuvieron mis contracciones y me negué con la cabeza. 

Únicamente podía sobrellevar el dolor en silencio y con respiración rítimica sin que nadie me tocase. Ni siquiera Luis con quien habíamos asistido a un taller previo donde enseñaban a las parejas a ser soporte físico para este momento. 

Viví varias horas de trabajo de parto en casa. A las 6 de la tarde iba en el asiento trasero del auto maldiciendo el taco vehicular.  Quería llegar pronto a la clínica. Lo veía como el lugar que me aseguraría que todo estaría bien. 

-Está tranquila la paciente, ya con 4 de dilatación- oí decir a la enfermera de la Urgencia.

Cuando me pasaron a la habitación ya estaba con 7 de dilatación. Faltaba muy poco para llegar a 10, pero a la bebé le faltaba posicionar mejor la cabeza para salir. Ahí se acrecentaron mis temores. No tenía tanto miedo al dolor físico, sino a la ansiedad de que algo saliera mal. Mi miedo  era la muerte.

*Hoy pienso que mi hermana Karen habría ayudado mucho en la etapa del expulsivo, donde me hizo falta más mujeres a mi lado para sentir el poder de traer vida.

Ya veremos qué cosas salen con la escritura. Por ahora y siempre diré: Gracias Dios por tanta belleza.

Solo quería andar por la calle



Parece que fue en el año 97 cuando le propuse a mi hermana que le mintiéramos a la mamá -y al tío del furgón escolar- para devolvernos solas a casa.

Me costó convencerla. Sin embargo, al ser un año mayor, casi siempre terminaba por seducirla en las ideas.

Yo, que había sido una niña mamona y casera, a los 11 años comenzaba a sentir una gran necesidad de experimentar fuera del mundo protegido en el que me hallaba. Andar sola por la calle era una de esas aventuras que deseaba vivir.

Ahora que lo escribo, la memoria corporal revive las ganas que sentían mis piernas de desplazarse por la ciudad y ser alguien que anda a su propio ritmo, deteniéndose en un kioso, acelerando el paso para alcanzar el semáforo o qué se yo ¡Simplememte, quería moverme con libertad y salir de la rutina monótona del furgón escolar!

Llegó el gran día. Habia planificado con cautela la primera vez andando sola en la calle. Había juntado los 50 pesos que costaba la tarifa en ese tiempo y memorizado el trayecto a casa.

Había que caminar del normado colegio de monjas hasta la municipalidad, cruzar la Gran Avenida y tomar cualquier micro amarilla hasta el paradero 20, justo en la esquina de la calle Fernández Albano, donde vivíamos. Después, andar derecho las 4 cuadras hasta nuestro condominio. No tomaría más de media hora.

Llegado el día del experimento nada salió como lo planeé. Mi hermana nunca estuvo convencida con la idea. Parece que sintió miedo de la calle y la gente. La cosa es que nos tuvimos que bajar de la micro para llegar casi corriendo a casa, como si alguien nos estuviera persiguiendo.

La otra vez le comenté a mi hermana esta historia. Dijo que no la recordaba ¿Puede que sea solo una aventura imaginada? No lo creo. Sé que burlé las prohibiciones maternas y anduve decidida con mi uniforme de básica caminando sola por primera vez en la calle.

Despertar empapada de leche

 La madrugada anterior desperté con la ropa mojada. Había un círculo marcado en la polera. Tardé en darme cuenta de que era por leche materna. Todavía aturdida por el sueño entrecortado y el cansancio, me levanté para colocar en los pezones unos protectores que había comprado en la farmacia hace meses y que, hasta ahora, no había tenido la necesidad de usar.


Fui también hasta la cocina donde había guardado este recolector lácteo llamado haakaa (creo que es sueco). 

Es un instrumento muy sencillo de usar, aunque puede llegar a presionar la teta demasiado fuerte.

Así, mientras amamantaba con la teta izquierda -la favorita de la bebé- comenzaron a gotear con rapidez los ml del otro pezón. 

En la oscuridad de la noche traté de rescatar este concho de leche y guardarlo en una mamadera. Pensé que la bebé lo podía tomar por la mañana, pero últimamente ella rechaza el chupete del biberón alejando mis planes de conseguir una lactancia no tan dependiente de la teta.

Más encima, como una es autoexigente, se me puso en la cabeza que no debo perder ni un ml del líquido materno. Al ver que la bebita no tragó ni una gota, me frustré. 

Después, miré mis senos crecidos en dos tallas y dije ya, hacemos lo que podemos. No sumemos estrés ¿ok?

Escribir antes que me gane la melancolía

Soñé que se querían llevar mi computador. Decían que ya no lo necesitaba, pues me había convertido en madre y ahora eran otras mis labores. Desperté sin terminar el sueño, aunque con la sensación de que no pasaría mi pc así como así.

A la noche siguiente, soñé algo similar: al sacar el computador del escritorio, notaba que se había averiado la pantalla. Colgaba en dos partes y en casa solo yo parecía sorprendida por el daño ¿Cómo ha pasado esto si ni siquiera lo he tocado? El sueño concluía con una sensación confusa: quería enviar a arreglar el computador, pero tampoco tenía "razones de peso" ni apuro en hacerlo. Razones de peso significaban trabajo o estudios.

Despierta, supe que la razón de peso más auténtica que hoy tengo para mantener activo el computador es escribir por escribir. Escribir para distraer al cansancio y así no quedar cubierta por su sombra aletargada con olor a melancolía.