me resiente el cuerpo

Intento relajarme y volver a partir el día, después de caerme en bicicleta cuando venía a trabajar este domingo. Abro el diario y veo una columna de Sebastián Piñera. ¿Dónde están nuestros niños?, se titula el texto del Presidente. 

Empiezo a leer y se me resiente aún más el cuerpo. Se queja este soporte privado al cerciorarme que el Presidente plantea que las mujeres tenemos el deber de ser reproductoras, de traer hijos/as a este "país en vías de desarrollo". 

Total, "para eso hemos aprobado el postnatal de seis meses". Total, para eso se puede ser trabajadora y madre, formar familias células del Estado...Papá+Mamá+ niños/as, el modelo tradicional del cual no se quiere despegar la derecha. 

No sé si acaso es que son cartuchos o no aceptan que hay otros modos de ser , otros proyectos de vida que no se "absolutizan" en la necesidad de un embarazo. Que incluyen parejas homosexuales, uniones libres, padres y/o madres que crían solos, vidas que se separan por opciones de todo tipo...

En la libertad de decidir, a esta derecha liberal en lo económico y conservadora en lo civil, se le escapan los derechos reproductivos y sexuales. Son incapaces de atender el contexto socio cultural que vivimos. Una realidad donde la mitad, incluso más, de la humanidad es de sexo femenino, sujetas pensantes con deseos y propósitos que no siempre sintonizar con lo que busca imponer un estado.

Piñera en su columna pide "más niños en Chile", coloca al aborto en el mismo lado oscuro del "individualismo y materialismo extremo".Un discurso erróneo que mezcla peras con manzanas, apropiándose así de lo que considera moralmente correcto para Chile. Sataniza a quienes están por la interrupción del embarazo, lo que no significa asesinar un feto, sino que abogar por la despenalización y legalización de este problema de salud pública que afecta a las mujeres. 

Es hora de desmarcarnos de la moral absoluta, buscar el consenso y discutir los límites que contrarresten el mercado clandestino para acceder a un aborto.

Además, le pregunto al Presidente que insta a reproducir más chilenos ¿Qué pasa con el capitalismo extremo que tiene a Chile desigual, con una infancia marginal y otra en la burbuja, qué pasa Presidente con los niños guachos del Sename que son abusados sexualmente por los cuidadores que el Estado les pone? Primero, hagámonos cargo de esos niños que existen y hoy claman dignidad.

Aymaras en Visviri

Las primeras advertencias antes de subir a Visviri, punto fronterizo con Perú y Bolivia a más de 4 mil metros de altura, no sólo pasaban por llevar oxígeno, sino también por cómo tratar a los aymaras chilenos. 

"No hay que rechazarles nada, eso lo toman como un desprecio". "Es difícil que te conversen. No hablan con la gente".

Tales prejuicios-pensé- no deben ser tomados en cuenta cuando se va a conocer un Chile tan lejos y menos si una va hasta el altiplano para hacer una nota.

El pretexto de llegar hasta este punto del norte, en la Región de Arica y Parinacota, era conocer la ceremonia de floreo de alpacas donde los aymaras hacen un corte en la oreja de sus animales en un ritual a la Pachamama.

Para algunos afuerinos, esto era terrible, pero también hay que entender la relación que los indígenas tienen con la naturaleza. Por eso, estuve mirando la escena, donde los aymaras bailan y ofrecen cerveza a la tierra. 

En medio del ritual, Cada familia improvisaba rimas causando la gracia de todos. Qué bromas eran, ni idea, era imposible entender la lengua. Preguntaba a los presentes y sólo conseguía monosílabos en quechua.

Después de tantas negativas a hablarme, pregunté a una aymara joven que por fin me empezó a traducir. Era de Chujlluta (pueblo cercano) y había estudiado un mes en Santiago. "El profesor me decía peruana". 

Seguí en el intento por encontrar una familia aymara de Visviri dispuesta a contar la vida en el desierto , hasta que apareció la pareja de pastores Carmen Paco y Marcelino Mamani.

"Tenemos mil hectáreas que, aunque no sean cultivables, las heredamos de nuestros padres”, fue lo primero que me dijo el pastor cuando le pregunté por qué vivir en el altiplano.

En el relato, se evidenciaba un discurso inducido de nacionalismo al estilo "estamos aquí tan lejos haciendo patria por Chile". Pero la verdad,  "estamos abandonados, no tenemos luz eléctrica y cuando bajamos a Arica nos dicen "ahí vienen los llamos".

Cuando hablé con Carmen, ella obedecía a todas las órdenes de Marcelino para ayudarme a hacer el reportaje. Y es que los aymaras, como todas las culturas, no se salvan de ser patriarcales.

No así, Carmen era risueña y podía perfectamente conversar sin una pauta. Cuando le pregunté si tenía hijos, ella dijo "están en Estados Unidos". y tras ello se rió mostrando sus dientes.

En medio de la conversación, Mamani partió con otro grupo a mostrar su campo desértico, donde había desarrollado un milagroso invernadero con ayuda de Indap.

Carmen se quedó para mostrar su casa, de techo bajo como el genotipo de los aymaras. 

Entramos a la cocina y sacó charqui de llama para obsequiarme- También me mostró su artesanía hasta sacar un gato montañés disecado. "Éste animal tiene cuarenta años, nos trae buena suerte". Otra creencia aymara

El funcionario de Indap que me llevó a Visviri palideció al ver el destino de esta especie felina en extinción ¡No puede ser!- dijo con disimulo.

Así, me despedía de esta pareja de pastores que abrió su hogar para una nota que pueden leer acá

Nota en isla de Chiloé

Para llegar hasta Quinchao, la segunda isla más grande del archipiélago de Chiloé en la Región de Los Lagos, hay que cruzar el canal de Chacao y después navegar por el Dalcahue hasta Curaco de Vélez.

Con todo este recorrido -se piensa mientras dura el lluvioso viaje- el canto de Quelentaro en su copla Por dentro toma forma y sentido. Es que “hasta en el mismo sur,  el sur me queda lejos”, versa el grupo de folclor chileno.

“Ahí donde el viento se mete a la cocina” vive Elvecia Calbuante Legue. A sus 63 años, esta pequeña agricultora de Quinchao aún trabaja el predio que heredó de su esposo hace cinco años... 

el guardian habanero de john lennon



¡Compañerito, que así no se hace, no tiene botones el teléfono!, le decia entre risas una familia de mulatos  al guardian habanero de john lennon, quien se disponía  a sacarles una foto con el celular touch que le pasaron. 
De seguro, el smartphone había sido traido de miami o de algún otro lugar del planeta donde la tecnología es más accesible. Porque en La Habana, ni hablar de ver a la gente conectada o chateando en la guagua (micro). ¿Qué iba a saber el viejo más fiel a John Lennon de teclear en una pantalla?
De seguro, ese choclón de cubanos felices tenía un poder adquisitivo mayor al de toda la población. Algunos cucs demás que les permitían salir a turistear al Vedado, por la plaza donde el inglés está sentado  en el apacible barrio de clase media, a unas diez cuadras del malecón.
Como fuera, al viejo le daba igual si eran gringos, chinos o cubanos con plata. Sin la presencia de este habanero ignorante en tics, ningún/a turista podía tomarse una foto con el inglés.
Él era su guardián y cuidaba con su vida el objeto más característico de Lennon. Aburrido de que se robaran los lentes, el habanero había decidido ser el vigilante de la estatua.
A las seis de mañana llega a la plaza en la espera de los primeros turistas. Lleva los anteojos en el bolsillo de su camisa. Cada vez que alguien se quiere fotografiar, él se acerca y coloca las gafas en la cabeza de John Lennon.
Y así, se pasa la tarde, paciente y obediente, pero sobre todo útil. Quizás como el modo de ser que le ha implantado el régimen al pueblo cubano.


publicación en el vanguardia de santa clara (cuba)

El Mejunje estuvo en Chile

Cuba y Chile, siéntelo”. Así dice la canción que ahora escucho de la rapera chilena Anita Tijoux con Los Aldeanos, y que habla sobre las cosas en comunes que tiene la isla con este rincón del mundo. 

Específicamente, escribo desde Santiago, la capital de Chile, donde la semana pasada se presentó un documental rodado en Santa Clara.

Se llama Mejunje, una producción chilena-española que fue premiada por el público como la mejor obra de la competencia latinoamericana del XVIIº Festival Internacional de Documentales de Santiago (Fidocs).

“El Mejunje es un lugar muy especial que conocí cuando estudié cine en Cuba. Además, Santa Clara tiene un encanto distinto al resto de la isla”, contestó la productora chilena Victoria Álvarez cuando el público le preguntó por qué se interesó en retratar la vida de este local.

Pese a que es una producción sencilla, la película trasmite la magia que otorga este espacio, donde caben los diferentes modos de ser de las personas. Independiente de sus gustos, cada grupo humano tiene el derecho a expresarse tal cual es.

Está retratada la historia de Pablito, un joven cuya banda punk se fragmenta por la partida de su hermano a Venezuela; la de una pareja de lesbianas que comparte libremente su amor y también la vida de un viejo cantor de boleros que de noche duerme en el andén del tren.

Son pequeños retazos de la vida cotidiana de santaclareños y santaclareñas en torno a este centro cultural, donde la filosofía de la diversidad, el respeto y la creación generan una atmósfera intima y familiar.

Lo mejor es que los autores del documental muestran un pueblo de Cuba, alejado de los típicos prejuicios en que los extranjeros suelen caer cuando hablan de la isla. Por el contrario, Mejunje muestra lo más vital de una comunidad abierta y alegre que está en continuo proceso de creación y recreación

Creo que efectivamente Santa Clara es especial, porque es auténtico. En febrero recién pasado estuve ahí y pude comprobar que ese encanto que se vive en las calles es espontáneo, nada que ver con esa maqueta caribeña que ofrece el turismo.

Yo venía de Varadero y entonces, cuando llegué a la terminal de Santa Clara, nuestra amiga cubana nos dijo “bienvenidos a la realidad”. Sin ocultar sus penurias, oscuridades y sacrificios, la película muestra lo que yo también pude disfrutar en la ciudad y en el Mejunje: Una mezcla variopinta de sentidos que dan vida a una sustancia.

Recuerdo la noche que estuve bailando en ese alegre patio, donde la fiesta culminó con un poema de Gabriela Mistral hecho canción: Dame la mano y danzaremos, dame la mano y me amarás. ¡Qué refrescante fue constatar que entre Cuba y Chile existen lazos culturales más profundos y duraderos que los de la diplomacia oficial!

Me entusiasma pensar que no es demasiado tarde para que Latinoamérica entera haga su propio Mejunje y las palabras de nuestra poetisa no sean sólo una canción. Como una sola flor seremos, como una flor, y nada más.