¿Acaso mi voz se ha apagado en tu memoria?

¿Tengo deuda yo contigo? Intenté, al menos, entender qué sucedió. Probablemente, nunca lo sepa. 
Pasaron los años. Muchos años
Hoy, pasaron voces con tu nombre
Voces con las que te ves
Voces que te llaman
Voces a las que aún respondes.

Nuestras voces no dialogan. Y pensar todas las letras que alguna vez entonaron una tras otra.

¿Acaso mi voz se ha apagado en tu memoria? Alguna vez, mientras te sientas a pensar en el pasado ¿aparezco en ese modo? 
En mis registros, tu voz está en todas sus formas: las enojadas, las irónicas, las cantoras. 
Y las que trataron de decirme una verdad, también las recuerdo. Aunque como una música que se apaga.

Yo no aguanto este destino confuso
Sé que sabes que avanzamos por el mismo laberinto.
Conocemos su oscuridad, y hasta las trampas.
Este lugar está lleno de trampas. Tardé mucho en salir de ahí. Todavía me quedan partes.atrapadas.
Creo que algunas tuyas también.

Tantas cosas han sucedido sin que pueda hablártelas.
Por eso, tal vez, es mejor escribirlas. Como una deuda inventada, una excusa para que sepas que todavía existo.  
O más bien, que yo no te olvido.

La Majestad

Mientras me depila, la sra L pone su celular con la app de Teletrak a la cabecera de mis pies. Está por empezar  la carrera de Concepción y ella -con el delantal blanco y sus rulos base- se desdobla entre su fanatismo y la cera caliente que puso sobre mi rodilla.

-¡Eso, corre Majestad!, dice la sra L de repente.

Ahí me doy cuenta que es el nombre de la yegua a la que apuesta. La Sandruca estuvo a punto de ganarle, dijo el relator. Yo sigo mirando mi rodilla.

La sra L se da vuelta y anota en un cuaderno el orden de llegada de los jinetes. Todo lo calculó con la carrera, alcanzando a quitarme la cera de la piel.

Algo más mijita?

Ficcionando con el bebé de Rayuela

Recuerdo cuando leí Rayuela, de Julio Cortázar, y sentía compasión por bebé Rocamadour. Imaginaba a La Maga con poca dedicación a la crianza, como una mamá caminante y romántica.

Puede que mi interpretación esté muy alejada de la intención de un texto que leí hace más de 20 años. 

Advierto que en el siguiente párrafo evocaré únicamente la memoria de una parte de la novela que me encantó (¡aunque fueron muchas!). No usaré Google para corroborar. Ni siquiera para saber si el nombre del bebé está bien escrito. Advierto esto para no hacer un fake de la ficción (por llamarlo de algún modo).

Lo que recuerdo es un texto dirigido a bebé a Rocamadour, tipo carta o poema, donde le escriben (no sé si la Maga u otro personaje) estas líneas hermosas: "Bebé Rocamadour, oh bebé...Te escribo, porque no sabés leer (...) estás de espaldas mirándote los pies".

Y ahora que lo he escrito, iré a Google a ver si realmente era así. Lástima que no tenga el libro. Lo perdí.

Aquí la carta 

Mi mundo en el corazón


6 años

Leí en un reportaje que los 6 primeros años en la vida de un ser humano son cruciales. Todo lo que se vive y aprende en ese tiempo queda la memoria emocional. Pero, no creo que las cosas sean tan así. Al menos, eso intento decirme ¿Algo salió muy mal conmigo, acaso? 

Quiero desapegarme de este pesimismo absorbente ¿entiende, doctora? Y no con terapias místicas que tengan que ver únicamente con el inconsciente. No quiero más de eso, ya tuve demasiado, y fue traumático. Lo único que me dijeron es que tenía problemas con mis padres. Pero ¿quién no tiene problemas con los seres humanos que la trajeron a una al mundo?


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Caballo y corazón

Por la ventana se aprecia la bahía de Ancud. Al mirar el paisaje por ese espacio sencillo y cuadrado, me molesta el ruido del marco que se mueve con el viento de Chiloé. Ese chirrido sintoniza con mi ansiedad, y por un instante me hace sentir extraña.

Vuelvo al presente cuando el nieto de nuestra anfitriona pregunta si acaso me atrevo a andar a caballo hasta la playa.

Me imagino cabalgando a toda prisa por la arena chilota, obligando a mi corazón a saltar al ritmo que yo elija con el animal. No al de los púlpitos nerviosos que hoy conducen mis emociones.

-Son bravos, dice el niño, refiriéndose a los caballos y sacándome nuevamente de la introspección.

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Recuerdos hasta los 5

De buenas a primeras, podría decirle a esta señora que tengo ciertos recuerdos de los 5. Pero no se lo digo ¿por qué tiene que saber ella cosas entrañables de mi niñez? 

Como el olor de mi madre por la mañana aún en la cama. Me despertaba antes que mis hermanas solo para ocupar el lugar que mi papá dejaba cuando se iba a trabajar. El mundo, de esa forma cotidiana tan cerca del cuerpo materno, me parecía bonito a los 5. 

- Pero ahora que usted lo pregunta, hay recuerdos que derruyen la realidad de esa felicidad tan simple.

¿Cómo qué?
-Como despertarme con una noticia que hace gritar y llorar a tu adulta. Entonces, sientes que la persona que más amas y ves como apta para protegerte se derrumba. Entiendes, a lo lejos, porque nadie te lo explica (y cuánto necesitas que lo hagan), que la realidad puede cambiar de forma fea y abrupta. El mundo también es un lugar violento.

Comprendo, ahora, que con 5 años viví el miedo. Antes, quizá solo había sido ficticio.

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Tímida y conversadora

Al final vamos a la playa en camioneta y no a caballo. Pasamos a buscar a la nieta de la anfitriona que tiene unos 12 años. Me recuerda a mí de adolescente: flaquita y con gafas. Aunque parece tímida, le gusta conversar.

Chiloé es una isla hermosa, aunque fría y lluviosa, así que cuando el sol sale hay que aprovechar. La playa está llena de chilenos y también de autos argentinos que vienen durante el verano. Con la nieta de mi anfitriona nos sentamos en la arena mientras el resto se baña en las aguas tranquilas de esta parte del golfo de Quetalmahue. Yo me excuso diciendo que soy muy friolenta y que el agua helada del Pacífico sur me mata. En realidad, estoy desganada y triste.

La nieta de la anfitriona me explica en voz baja que ella tampoco se bañará, porque está con la regla. Después de esa confesión, la “chica” -acá usan mucho esta palabra- agarra confianza y empieza a contarme sobre su vida en Chiloé. Me dice, por ejemplo, que a sus doce años solo ha salido una vez de la isla. Fue para acompañar a su mamá al doctor en “Puerto” (así le dicen los chilotes a Puerto Montt). Y que no le gustó para nada la ciudad, porque se perdieron buscando una dirección.

Imagino a la nieta de mi anfitriona queriendo quedarse por siempre segura en su isla. Pero se nota que es una adolescente curiosa. Crecerá. Sentirá la necesidad de cuestionarse y encontrar su propio sitio. Se perderá y dará mil vueltas. Acompañada y sola a la vez. Qué se yo.

Tal vez una termina por regresar al origen y limpiar la tierra para echar mejores raíces. O bien, emigrar y crear un mundo propio. Una isla, inclusive, donde puedas sentir el corazón calmo, tu propio mundo, sin olvidar que eres parte de un universo mayor terriblemente vulnerable en su belleza.


Escenas que se repiten en mi cabeza

-Calle Matucana a la altura de la Usach. Salida por un portón no siempre habilitado

-Pedir un helado en el Café Paula después de que mi madre me llevara a la óptica del centro y nos juntáramos en San Antonio con Agustinas con mi padre. Era lo único bonito de usar anteojos siendo tan niña.

-El patio trasero de la casa de Nona y Tata Alberto en calle Edimburgo. También del galpón delantero con su grueso portón de madera. Por un escrito reciente de mi padre, supe que esa puerta era de la fábrica de su abuelo materno.

-Los corredores de las Torres de Apoquindo y sus negocios de barrio. Parece que todavía existen.

-El condominio de Fernández Albano en el que crecí. El patio interior que daba a la calle Angamos. En un departamento cantaba un loro y yo pasaba gritando tímida 'care huevo' a ver si el pájaro lo repetía.

-Otra vez el condominio: la redondela donde esperaba el furgón escolar. Una paloma me cagó un día. Qué triste y sola me sentía.

-En esa redondela se estacionaba también el trencito que contrataban para la fiesta de Navidad.

-La casa de la playa en El Quisco y todas las casa que le seguían bajando al mar por calle Del Ejército.

- Las columnas a la entrada del cementerio Parque del Recuerdo, en Recoleta.

-Calle San Francisco , a una cuadra de la Alameda donde vendían completos a 200 pesos.

- El puente de Copesa que cruzaba el patio tipo maestranza para ir a comer al casino (cuando quedaba en calle Ñuble).


Y ¿Cuáles son tus evocaciones?

Escribir

Lo de escribir sobre nuestro parto, así de forma elaborada y con más narrativa, tomará su tiempo. Tiempo para sentarse a hacerlo. También tiempo para procesarlo internamente. 

Quisiera tener el cuerpo más disponible para escribir con un lápiz sobre mi libreta. Estoy acostumbrada a hacerlo como un modo de aclarar pensamientos y templar emociones.  

Sí. Tipo diario de vida. Hasta dibujitos por el costado le hago a las páginas donde trazo mi prosa privada.

Por ahora el.celular me.permite escribir cuando la beba está durmiendo tipo 7 pm. Ahí me.vuelvo la vigilante de su sueño, ya que le gusta sentirme cerca para agarrar descanso. A mí también me encanta.eso, pese a que tenga que dejar comodidades básicas como cenar en la mesa.

Bueno, algún día podré sentarme a escribir.sobre el parto. 

Escribir nuestro parto




Ayer pasé por la clínica y pedí toda la documentación de nuestro parto. Quisiera escribir, porque pese al miedo y el desarme de expectativas, parir fue el inicio de lo más hermoso que me ha sucedido en la vida. 

Mi trabajo de parto duró menos de las 14 horas promedio que había leído como referencia.  Al contrario del hambre voraz que sentí durante  el embarazo, ese jueves 6 de marzo no tuve más apetito que un helado de fruta natural que venden en un restorán vegetariano de calle Holanda. 

Le pedí a Karen que lo pasara a comprar, aprovechando que ella traería toallas higiénicas para contener el sangrado del tapón mucoso. Al llegar, mi hermana preguntó si quería que se quedase a acompañar el trabajo de parto. Al verla se detuvieron mis contracciones y me negué con la cabeza. 

Únicamente podía sobrellevar el dolor en silencio y con respiración rítimica sin que nadie me tocase. Ni siquiera Luis con quien habíamos asistido a un taller previo donde enseñaban a las parejas a ser soporte físico para este momento. 

Viví varias horas de trabajo de parto en casa. A las 6 de la tarde iba en el asiento trasero del auto maldiciendo el taco vehicular.  Quería llegar pronto a la clínica. Lo veía como el lugar que me aseguraría que todo estaría bien. 

-Está tranquila la paciente, ya con 4 de dilatación- oí decir a la enfermera de la Urgencia.

Cuando me pasaron a la habitación ya estaba con 7 de dilatación. Faltaba muy poco para llegar a 10, pero a la bebé le faltaba posicionar mejor la cabeza para salir. Ahí se acrecentaron mis temores. No tenía tanto miedo al dolor físico, sino a la ansiedad de que algo saliera mal. Mi miedo  era la muerte.

*Hoy pienso que mi hermana Karen habría ayudado mucho en la etapa del expulsivo, donde me hizo falta más mujeres a mi lado para sentir el poder de traer vida.

Ya veremos qué cosas salen con la escritura. Por ahora y siempre diré: Gracias Dios por tanta belleza.

Solo quería andar por la calle



Parece que fue en el año 97 cuando le propuse a mi hermana que le mintiéramos a la mamá -y al tío del furgón escolar- para devolvernos solas a casa.

Me costó convencerla. Sin embargo, al ser un año mayor, casi siempre terminaba por seducirla en las ideas.

Yo, que había sido una niña mamona y casera, a los 11 años comenzaba a sentir una gran necesidad de experimentar fuera del mundo protegido en el que me hallaba. Andar sola por la calle era una de esas aventuras que deseaba vivir.

Ahora que lo escribo, la memoria corporal revive las ganas que sentían mis piernas de desplazarse por la ciudad y ser alguien que anda a su propio ritmo, deteniéndose en un kioso, acelerando el paso para alcanzar el semáforo o qué se yo ¡Simplememte, quería moverme con libertad y salir de la rutina monótona del furgón escolar!

Llegó el gran día. Habia planificado con cautela la primera vez andando sola en la calle. Había juntado los 50 pesos que costaba la tarifa en ese tiempo y memorizado el trayecto a casa.

Había que caminar del normado colegio de monjas hasta la municipalidad, cruzar la Gran Avenida y tomar cualquier micro amarilla hasta el paradero 20, justo en la esquina de la calle Fernández Albano, donde vivíamos. Después, andar derecho las 4 cuadras hasta nuestro condominio. No tomaría más de media hora.

Llegado el día del experimento nada salió como lo planeé. Mi hermana nunca estuvo convencida con la idea. Parece que sintió miedo de la calle y la gente. La cosa es que nos tuvimos que bajar de la micro para llegar casi corriendo a casa, como si alguien nos estuviera persiguiendo.

La otra vez le comenté a mi hermana esta historia. Dijo que no la recordaba ¿Puede que sea solo una aventura imaginada? No lo creo. Sé que burlé las prohibiciones maternas y anduve decidida con mi uniforme de básica caminando sola por primera vez en la calle.

Despertar empapada de leche

 La madrugada anterior desperté con la ropa mojada. Había un círculo marcado en la polera. Tardé en darme cuenta de que era por leche materna. Todavía aturdida por el sueño entrecortado y el cansancio, me levanté para colocar en los pezones unos protectores que había comprado en la farmacia hace meses y que, hasta ahora, no había tenido la necesidad de usar.


Fui también hasta la cocina donde había guardado este recolector lácteo llamado haakaa (creo que es sueco). 

Es un instrumento muy sencillo de usar, aunque puede llegar a presionar la teta demasiado fuerte.

Así, mientras amamantaba con la teta izquierda -la favorita de la bebé- comenzaron a gotear con rapidez los ml del otro pezón. 

En la oscuridad de la noche traté de rescatar este concho de leche y guardarlo en una mamadera. Pensé que la bebé lo podía tomar por la mañana, pero últimamente ella rechaza el chupete del biberón alejando mis planes de conseguir una lactancia no tan dependiente de la teta.

Más encima, como una es autoexigente, se me puso en la cabeza que no debo perder ni un ml del líquido materno. Al ver que la bebita no tragó ni una gota, me frustré. 

Después, miré mis senos crecidos en dos tallas y dije ya, hacemos lo que podemos. No sumemos estrés ¿ok?

Escribir antes que me gane la melancolía

Soñé que se querían llevar mi computador. Decían que ya no lo necesitaba, pues me había convertido en madre y ahora eran otras mis labores. Desperté sin terminar el sueño, aunque con la sensación de que no pasaría mi pc así como así.

A la noche siguiente, soñé algo similar: al sacar el computador del escritorio, notaba que se había averiado la pantalla. Colgaba en dos partes y en casa solo yo parecía sorprendida por el daño ¿Cómo ha pasado esto si ni siquiera lo he tocado? El sueño concluía con una sensación confusa: quería enviar a arreglar el computador, pero tampoco tenía "razones de peso" ni apuro en hacerlo. Razones de peso significaban trabajo o estudios.

Despierta, supe que la razón de peso más auténtica que hoy tengo para mantener activo el computador es escribir por escribir. Escribir para distraer al cansancio y así no quedar cubierta por su sombra aletargada con olor a melancolía.

No perfecta

Ni les cuento lo contenta que  estoy de ser madre. También lo llorona que soy y, a veces, lo nostálgica y compasiva que me siento al recordar mi niñez (¿será que siempre termino pensando en mí? ¡qué ego!). 

Pienso en lo "demandante" que era con mi madre. Sentía una necesidad potente de tenerla cerca. Era como si me hubiesen faltado muchas horas con ella. Tal vez sí, pues no era la única hija que debía criar. Pero ante los ojos de toda la gente, siempre fui la hija mamona en comparación a sus hermanas. Pensemos que igual yo fui la hija del medio...

En fin. El asunto es que cuando veo las ansias de mi hija por estar conmigo, más aún en la teta, sobre todo a ciertas horas de la tarde- noche en que prácticamente solo quiere succión afectiva, imagino que ese deseo insaciable no siempre podré cubrirlo por completo. Simplemente, porque soy una humana que se cansa ¡Eso también es natural!

De todos modos, recordar a mi yo pequeña, esa que siempre necesitaba una cuota más de contención pese a ser una niñamuy amada, hace que la paciencia se active para entregar el calor que mi criatura hermosa busca de manera casi salvaje. Quiero llenarla de amor, y he entendido que en esa entrega se va a colar el cansancio, la memoria dolida. Lo que importa es que quiero estar consciente de que soy una madre feliz, no perfecta. 

 

La patrona

 El olor de la patrona me acompañó mientras amamantaba. 

Así llamaba mi abuelo paterno a mi abuela.

La patrona se sentaba en la cabecera de la mesa para contemplar a todo su familión, compuesto por una decena de hijos y nietas.

El olor de la patrona era como agua de rosas. 

Hoy sentí ese aroma y me pregunté si acaso ella habrá amamantado a la decena de hijos e hijas que tuvo.

Qué cansada estaba la patrona en sus años finales y con cuánto amor la atendían.

Gracias por permanecer Nona querida.


Postparto a la espera de una respuesta salvaje

Las interrogantes que tengo sobre el postparto están encapsuladas. Todavía no quiero -¿no me atrevo?-  descifrar toda la información que me ha traído este proceso.

Lo cierto es que su fuerza es tan poderosa que tampoco puedo mantenerme al margen. Sería como arrancar de mí misma.

Aunque algo así estoy haciendo. He adquirido una posición rígida que me impide soltar, fluir y todas esas palabras que tanto repetimos cuando hablamos de transitar la vida.

Con respecto a la maternidad te dicen tantas cosas. La que más me ha servido es la de vivir el presente. Aunque por mucho que lo haga, amando y atendiendo a mi bebé maravillosa, las interrogantes giran en torno a mi cabeza. Necesito detenerme un rato a leerlas.

Si bien mi cuerpo responde biologicamente a las necesidades, tengo que mirarme y apropiarme de la transformación.

Pienso que sí me miro. Aunque algo nublada. ¿Soy acaso la que más se enjuicia?

Sé que tengo la necesidad de observarme más allá del espejo. No tan solo mirar un vientre distinto (que a veces piensa cuánto tardará en aplanarse), unos senos lecheros. Quiero, sobre todo, iluminar cómo se han removido las entrañas y el alma para alcanzar tanta belleza. Tanta que también asusta.

Caigo en la cuenta de que aquello a lo que me resisto, ese temor a liberar las interrogantes, es en realidad lo que busco para ser la mujer que disfruta y que sabe cómo ser la madre de su hija.

Escribiendo esto entiendo, entonces, que aquello que soñé la noche anterior, con un león escapando de su jaula y yo de él con la niña en brazos, es en realidad un mensaje diciendo que ese animal salvaje, que por cierto no buscaba atacarme,  soy yo liberándome para ser quien gobierna su reino maternal, su nuevo sitio.

¿Una yo mamifera?

En el MIM

 Leo en las noticias que Shakira fue con sus hijos al MIM en su paso por Santiago, y recuerdo hace más de veinte años cuando llevamos a los niños y niñas de las colonias de verano a ese museo. Qué felices estaban.

En ese tiempo estaba de moda el cover No de Gianni Bella cantado por Javiera Parra y los Imposibles. En el bus, niños, niñas y monitores nos pusimos a cantar el tema. A mí me encantaba esa versión, pero era demasiado tímida como para corearla a todo pulmón.  

Además me tomaba muy en serio mi responsabilidad como cuidadora infantil e iba pendiente de eso. Tenía a cargo una decena de niños y niñas entre 6 y 8 años. Yo, una adolescente de 15, cuidando peques.

 Había mamás que me los encargaban con mucha aprehensión. Sabían que se trataría de un paseo inolvidable para ellos. Yo les decía que no les iba a despegar los ojos. Por lo demás, estaba marcada por una crianza sobreprotectora.

Ahora que tengo a mi niña con recién 1 mes cumplido,  durmiendo calentita conmigo, me pasan dos cosas: primero, qué afortunada me siento de entregarle amor y cuidados. Segundo, me doy cuenta  que de mi cuerpo ha salido una persona diferente a mí, alguien que tendrá su propio camino. 

Y tal vez estaré ahí, sobrepreocupada, intentando limitar mis temores. Estaré ahí para ver su sonrisa, o tal vez imaginándola como las madres de aquellos niños y niñas que me encargaron a lo más amado que tienen para que ellos vivieran la experiencia de conocer un museo como el MIM.

Mis huecos ya llenos

Pienso en mi niñez. Sueño con la casa de Gran Avenida. Tocan el timbre, abro la puerta, una pariente está enojada con su hijo. Me parece que exagera diciendo que el adolescente "se porta mal".
Quiero cerrar la puerta y cambiar de sueño. Pero no.
No se puede controlar al incomsciente. Al menos, no por tanto tiempo.

Pienso en mi niñez. En cómo ordenábamos las camas con mi hermana. Me gustaba que el catre quedara bien pegado a la pared, evitar cualquier "hueco" por el que pudieran entrar monstruos.

De grande, descubrí que estaba llena de huecos por donde se colaba la tristeza. Fui zurciéndome de a poco, fui ahunando mis tejidos para sentirme al fin completa. Fue un trabajo auténtico, no me salté dolores. Dejé a la vista las heridas de mi cuerpo y dejé que se curaran poco a poco. Con química medicinal, pero sobre todo con amor. Confié y resultó. Tuve paciencia y, entre medio de la tormenta, incluso, supe estar contenta.

Hoy estoy cansada y no quiero que nadie me regañe por sentirme así. Porque sé queces pasajero. Sé que la alegría ha llenado casi todos los huecos (siempre queda algo por completar ¿no?)

Ya estamos aclarando

Bebé, mientras toda nuestta familia sale de vacaciones, nosotras y el papá nos quedamos a tu espera. 

Los días en la capital, a veces, se hacen largos. Mas no por ellos tediosos.

La ansiedad por conocerte no alcanza a ser impaciencia.

Me falta poco para sentirme absolutamente dispuesta.

Igual, será tu ritmo el que nos dirá cómo acoplar nuestros cuerpos encantados.

Fluir en este presente que me regala tu existencia ni siquiera tiene un nombre en esta tierra. Solo el amor puede pronunciar  tanto amor.

Hoy tengo ganas de llorar. Ni de triste ni contenta. Lloro calma porque cambio. Lloro porque me abro enteramente para ti.

Ya estamos aclarando, bebé. Ya estamos aclarando. 


Nos expandimos en piel y en alma

Así es bebé movediza, nos expandimos en piel y en alma. Te transporto con algo de lentitud, pero firme en mis piernas que, aunque poco trabajadas, se mantienen bellas para andar en esta vida.
La vida jamás ha sido tan plena como hasta ahora que creces en este vientre abultado que llevo orgullosa y contenta. 
Sonrío, pese al calor infernal de Santiago
Sonrío, pese a las horas de sueño entrecortado que, al menos, entre penumbras me dejan imaginarte bebiendo sobre mis senos ya oscurecidos.

Sonrío, bebé, ante lo desconocido.
Sonrío niña de mi vida.
Y sé, también, que tú sonríes dentro mío.

Un sol ante la tristeza antigua



El calor del verano comienza a sentirse en Santiago y, aunque prefiero esta estación antes que el invierno, la panza que traigo dificulta que pueda caminar con agilidad por la calle para escapar del sol. El volumen de mi vientre también impide sentarse cómodamente en la silla del computador, donde debería estar escribiendo mi tesis.

Sospecho, eso sí, que el problema de postura es solo un pretexto para no redactar cosas tristes, pues mi trabajo final trata, en parte, sobre cómo se siente estar en el borde del ánimo bipolar. Incluso, en algunos capítulos, tengo que hablar sobre la muerte. Y yo ya no quiero asomar mi cabeza en aquel pozo oscuro. Me siento lejos de ese lugar psíquico. O tal vez estoy aprendiendo a entenderlo de otro modo.

Este sol de finales de noviembre borra con su luz a la tristeza antigua.No dan ganas de recordar aquel pantano de antaño. 
Le digo a mi niña que solo escribiré unas pocas líneas -¡qué me importa ahora la evaluación!- sobre ese tiempo doloroso en el que, de todos modos, aprendí a ser la mujer contenta que ella  habita con sus movimientos.
Qué lindo es este vivir.

Cazuela

Mi hermana me contó que mi madre la esperó con una cazuela cuando regresó a casa recién parida con su bebé.

Pensé: "Aún mi madre conserva costumbres de nuestras mujeres antiguas".

¿Tendré ganas de comer cazuela cuando llegue ese día que hoy esperamos tan contentas?

Prosas de mi década anterior

Sigo de pie

Estar de pie en la misma posición es una verdadera hazaña. Como tú. Una hazaña es mirarte distinto transitando por aquí mismo, pero en otro año. Me pregunto si alguna vez cruzaste este pavimento, pensando realmente en nosotros.

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¿Te me enamoraste?

No hay nada increíble en mí para maravillarte. Solo existe mi forma de ser, un poco alucinada y cobarde. . . Estoy encerrada casi siempre. Eso es trágicamente patético. La gente que no le simpatizo puede bien saberlo. Aunque me interesan CASI NADA (o sí?). No sabes cómo me gustaría estar un tanto pendiente, para así sentir que sí le pertenezco un poco al resto. En todo caso, ese es otro asunto. Voy a lo importante: No hay nada increíble en mí para maravillarte.

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dime tú
¿Tal vez eso que llaman catarsis? Je ne sais pas, mais es casi parecido. Imaginarme a todos los caballeros rondando por el patio de mi locura, quebrando los ventanales para introducirse desesperados en la subjetividad. Y ojalá que NO me encuentren ...
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Nicole un lunes de marzo
ké tal? acá, mirando el reloj de arena; esperando que la página cargue, mirar el horario, saber el número de sala donde toca la primera clase de la mañana; así es; todo de nuevo pero diferente.Aveces, pensando en la política ,en el arte, en el amor y la muerte. Con un poco de desazón, pero feliz, porque tampoco me irrita la incertidumbre. Prefiero seguir. Creyendo todavía (sí, todavía) en el presente.

*Pequeñas modificaciones en mayúscula